Alex's profileDiario de un faunoPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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May 25 Adelanto... 72 horas.La luna proyecta imágenes falsas dentro de la habitaciones, o indebidas, o indeseadas, o prohibidas... Imágenes que no deberían estar ahí a esas horas, imágenes que fueron enterradas o que, simplemente, nunca fueron. Nuestro fantasma busca compañía para aliviar el peso de la noche, y activa a nuestras manos, que se deslizan automáticamente por nuestra piel con el propósito de conjurar al silencio con un poco de sexo. Otra trampa perfecta que el insomnio traza y en la que caemos.
Nuevo escenario: Ésta vez estamos convencidos de que tendremos éxito, de que conseguiremos dormir después de alcanzar el orgasmo. Endorfinas, péptidos opioides, y tras ellas la inconsciencia sonriente. Ciencia de mierda. Se abre el telón, y aparece nuestro objeto de deseo, nosotros ya no somos nosotros, somos nuestra proyección fantasmática, el ideal que se esconde en nuestro pecho y al que sólo liberamos cuando cerramos los ojos y queremos huir del peso de nuestro cuerpo. Deseamos lo que creemos que deseamos, lo que nos hemos convencido previamente de que es, inequívocamente, nuestro deseo. Es de noche, no podemos dormir. Despierta lo que estaba muerto o dormido. Voodoo insomne.
Las manos se mueven mecánicas, saben lo que tienen que hacer. Pero el impulso que las anima se ensucia paulatinamente sin que nos demos cuenta. Mezclamos sexo y dolor y no podemos pararlo. El instinto abre sus ojos inyectados en sangre y grita su furia hacia las estrellas. Ése grito es nuestro impulso. Aparecen aquellos monstruos que se escondían al otro lado de la puerta esperando a que nos durmiéramos. Sueños malditos. Manos ásperas.
O peor aún. Nuestro objeto de deseo primero, se transforma lentamente en el verdadero objeto de deseo, el que siempre ha estado ahí, el que nos incendia las arterias cada vez que se manifiesta.
Y llega el éxtasis repentinamente, a traición, inflado por lo primigenio, retumba en nuestros riñones como un movimiento sísmico débil y lejano. Y el mar de opio prometido no es más que una lóbrega charca de sudor lechoso que se enfría y desaparece enseguida. Y la noche sigue su curso. Y la soledad se acentúa hasta cortar la respiración. Una soledad que no puede llorarse, que no puede ser consolada. Es horrible ver fantasmas, pero es aún peor dejar de verlos, sentir que incluso ellos, hijos nuestros, se marchan de nuestra nuca. La manecilla del reloj golpea la pared descojonándose de nosotros.
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